martes 15 de julio de 2008

Monólogo de un día cualquiera (pensamientos encadenados de Claudia)


Hace calor. No soporto las altas temperaturas. En éste momento quisiera estar en el polo con los pingüinos, congelarme bien, no sentir nada…debe ser la edad, ¿estaré por entrar a…? Ni siquiera puedo pensar en esa palabra… me siento tan joven, tan plena, con tanto para dar y recibir (¿?). No, simplemente es el calor, la piel que se pone pegajosa,¡uf!
Me encanta mirar el parque por los amplios ventanales, ver las rosas abrirse a la vida (Pensamiento poético positivo)…odio al perro que levanta su estúpida pata y las orina, ¡Fuera perro boludo! ¡Te voy a castrar!...las palomitas bajan y picotean algo entre el pasto, que por cierto está bastante crecido. Eso me recuerda que tengo que llamar al jardinero (a Roque no porque es un chanta*)…Los chicos duermen por suerte, hay que ver cuanto dura. Apenas abren los ojos empiezan a pelear, tienen una obsesión por las peleas, les gusta inventar nuevas patadas e innovar la técnica de las artes marciales…mejor que las bestias no intenten practicar conmigo, ¡No!... ¡Con la nena no!...no es de goma pobrecita.
Cita, mi gata, me mira desde su almohadón. Tiene una oreja parada y la otra inclinada. Si pudiera hablar me pediría que tome alguna medicación, así me dejo de gritar y de interrumpir su sueño. Pensá loca, pensá; me lo dice con su mirada sensual de gata vieja y con varias guerras entre techos, balcones y azoteas.
Me está dando vueltas una idea en la cabeza… ¿Y dónde sino? Aunque a veces creo que las pateo, o las dejo pasar. Quizás consiga una historia de verdad, una que me llegue profundamente, una en la que pueda expresar todo lo que tengo guardado. Quiero que sea simple, monocorde, pero profunda, tal cual soy yo… obvio que lo digo por profunda, no por simple y monocorde. Porque pensándolo bien, lo simple y monocorde debe ser muy aburrido, y yo puedo ser cualquier cosa, menos aburrida (eso creo). Soy un pequeño volcán que amenaza con una erupción, pero que permanece tranquilo, o en aparente calma.
Calma es lo que piden en los programas de chimentos. Últimamente no se puede mirar la TV, cada vez que la enciendo hay alguno cuyo conductor se las pasa hablando de Nazarena Vélez*, si se le rompió la tanga o culote, si tuvo un accidente con una columna o el puño de un amante, que si la echaron del teatro, que si se agarró de los pelos con la otra vedette por el cartel, que si le sacó el novio a alguien, y no sé cuantas pavadas más…jamás un programa cultural que explique el uso del oxímoron en la literatura, su influencia en la poesía contemporánea, o algo actual y preocupante como las inundaciones, y diversos desordenes climáticos que surgen de la deforestación del impenetrable chaqueño. No, seguro que Nazarena sólo sabe de penetraciones, de impenetrable nada…la verdad, tampoco me gustan las novelas, pero ¿de dónde sacan esos especimenes masculinos? Todos de pelo largo, bronceados y de ojos negros sensuales, luciendo una musculosa muy sudada que deja ver un cuerpo que posiblemente sirva para estudiar el aparato muscular completo, ¿para qué recurrir a los dibujos despellejados de los libros de anatomía? ¡Miren una novela mexicana!…bueno, después de todo soy humana y tengo mi corazoncito…Si, soy humana, a pesar que intento llenar mis pensamientos de cosas superficiales, para no hacer lo que de todos modos haré. Porque soy una eterna hurgadora de mi subconsciente, porque cuando empiezo con la máquina no paro. Mis pensamientos son como las fichas de dominó en fila, basta que caiga una para que caigan todas.
Hace un rato empecé a escribir un poema para Alejandra, seré una más del montón que se atreve a escribirle a alguien tan lejana e inalcanzable. Es que ella en su profundo desamparo y con su inagotable talento me llenó el corazón de metáforas, y también de preguntas, vacíos, y paréntesis. Lo titulé “Algún poema” y dice: “Algún poema te alcanzará, te tomará por sorpresa como la incipiente tormenta. No el manojo de palabras que caen salvajes por crepitar en tu boca. Ni siquiera las manos rojas de amapolas…El verbo, la raíz, el principio. Aquella metáfora que no encontraste. Alejandra murió y la tela se rajó. ¿Quién podrá ahora unir los pedazos?... ¿Algún poeta despechado? ¿Las cenizas desparramadas de un amor?… ¿quién? Bueno hasta acá llegué, no sé si sigue. Hoy al menos no. Tengo el cerebro hecho un nudo. A veces estoy tan sensibilizada, tan en carne viva, que me duele todo. En especial ese espacio dónde late el corazón, el músculo cardíaco; pero no es esto lo que sangra, es el espacio que lo contiene, y dónde se puede sentir el vació doloroso de la angustia. No, no soy una persona triste, todo lo contrario. Será por eso que cuando palpo el dolor ajeno tan íntimamente, lo sufro. Es como un virus invasor…igual que estos mosquitos que no paran de torturarme las piernas, vaya a saber con que vecinos estuvieron entreteniéndose, y ahora vienen a joder acá… ¡Que asco!
No quiero relajarme porque me entra el sueño y no me gusta dormir, últimamente tengo una pelea a muerte. Me acuesto muy tarde y me levanto temprano. Me gustaría dormir todo el verano(otra contradicción), así como los osos lo hacen en invierno…si dormir en invierno es invernar, en verano ¿es veranear?
Odio la playa. Debo ser una de las pocas ridículas que van con el libro y vestidas, hasta con zapatillas, para evitar lo más posible el contacto con la arena. Me ubico bajo la sombrilla, me pongo los anteojos, novela en mano y de pronto toda esa gente con poca ropa que se sumerge en las aguas heladas del Atlántico, desaparece para siempre de mi vista y de mi cabeza. Me mezclo entre los personajes, los analizo, pienso que tal vez si no hubiese estado tan distraída con la casa y los chicos, podría haber conseguido una historia así de maravillosa… creo que esto lo pensamos todos los que escribimos, porque por suerte mantenemos la alegre esperanza juguetona de querer ser reconocidos como escritores. No creadores de best seller, ni eruditos intelectuales, solo “escritores”.
Bueno, voy a tratar de poner a funcionar la máquina, quizás se me ocurra algo interesante que contar.


*chanta, tipejo astuto que sabe sacar partido de cada situación, mentiroso, embustero, fanfarrón, cartón pintado.
*Nazarena Vélez, actriz, vedette, más cerca del escándalo que del talento.

martes 24 de junio de 2008

Las pesadas de la danza


Todos los fines de semana, durante la temporada de verano, repetía la misma rutina. Tomaba el tren desde Constitución a Mar del Plata; a veces solo, otras acompañado por algún amigo.
Después de un tiempo, como estaban acostumbrados a vernos en el andén, encontramos la forma de no sacar pasajes; por supuesto habíamos armado una estrategia. Llegábamos a última hora, cuando el tren estaba por salir; entonces corríamos hasta el vagón agitando un boleto falso que jamás revisaban, porque como dije antes, estaban acostumbrados a vernos y nunca hubo problemas. Cuando venía el guarda lo arreglábamos con algún dinero y asunto terminado. Con el tiempo, no hizo falta.
Un día, después de una falla mecánica, quedamos varados en un pueblito durante cuatro horas. Salimos a caminar para conocer y estirar las piernas. A los diez minutos, ya habíamos recorrido todo. Hacía mucho calor, alrededor de 33º, y la humedad era aplastante, entonces buscamos un Bar o algo parecido en ese pueblo de cuatro manzanas. Lo encontramos en la esquina, por supuesto, como en todo los pueblos de este país; en frente estaba la plaza, cruzando, la iglesia, la comisaría y la escuela. Resultaba más que obvio que ese era el único bar.
El guarda, sentado en una de las dos mesas del lugar, nos vio y agitó la gorra. Ese día yo había viajado solo con Fatiga, un eximio conocedor de bebidas blancas. Nos quedamos en la misma mesa con el guarda, que ya se lo veía un tando colorado y no precisamente por el calor externo, sino por el fuego sagrado de los brebajes con graduaciones no inferiores a los 90º. Nos tomamos hasta la humedad del ambiente. Yo, solamente cerveza, el guarda y Fatiga, ginebra. Después escuchamos la sirena del tren y salimos casi corriendo, no sin antes pagar la cuenta; gesto que, por la incipiente borrachera, produjo un exagerado agradecimiento de parte del guarda.
Desde ese día, dejamos de pagarle y, como si fuera poco, empezó a reservarnos asientos no vendidos. Nos salió redondo.
Desde que subimos hasta que bajamos, Fatiga durmió por los efectos de la ginebra; al guarda lo veía cada tanto caminando tambaleante y resultaba poco creíble que fuera por los movimientos del tren.
Mi aburrimiento no duró mucho, porque mientras me tomaba unos mates, sentí una mirada penetrante que provenía del asiento paralelo al mío.
Me topé con unos ojos verdes que daban vértigo. Se me ocurrió convidarle mate, y así comenzamos la charla. Me dijo que viajaba a Mardel y que allí se encontraría con unas amigas, con quienes había formado una banda: “Las pesadas de la danza”. Luego me mostró el vestido que iba a lucir su amiga, una tal Crisha, en la presentación. Sacó de un pequeño bolso, la diminuta prenda que era de una sola pieza, como un tubo elastizado en capas; la primera de una tela satinada color natural, la segunda, me dejó con la boca abierta; se trataba de hojas unidas que formaban una especie de red o tejido, las hojas eran de marihuana, y la tercera capa, de tela transparente que dejaba ver la red de hojas perfectamente।
Le dije que me parecía bonito y muy original. Entonces ella me invitó a que fuera con mis amigos, esa misma noche al Torreón. Le pregunté qué tipo de música hacían, respondió que era una sorpresa.
El Torreón estaba colmado de gente. El ambiente que se había formado me parecía similar al de los bailes de la facultad de medicina; jóvenes muy formales y con cara de aburridos. La mayoría de los presentes tarareaba las canciones de Roque Narvaja y Sergio Denis. Cuando mis amigos y yo empezábamos a dormirnos, aparecieron en el escenario y cada una se acomodó con su instrumento.
Se escuchaban algunas risitas sofocadas, y otras estridentes al ver el atuendo de las chicas; Crisha tenía el vestidito que vi en el tren, la chica que había conocido y que se había presentado como Dulula, estaba vestida como Cervantes, y la otra parecía muy formal con un vestido negro, hasta que se dio vuelta y el murmullo fué generalizado. El vestido que parecía formal, de espalda estaba sostenido por varias tiras horizontales en todo su largo; el detalle es que no llevaba ropa interior, por lo tanto de atrás lucía desnuda, sólo cubierta por esas tiras de aproximados dos centímetros de ancho y a una distancia de veinte, entre una y otra. Nos dolía el estómago de tanto reírnos, pero no eran muchos los que nos acompañaban.
Al rato, afinaron los instrumentos, con movimientos teatrales, exagerados, hasta incluso Crisha moduló la voz, haciendo ejercicios para calentar la garganta, y arrancaron con una música tipo ranchera, que decía: “Vamos a cantar esta ranchera…con el pene afuera…con el pene afuera…mire señora, cuide a su hija, porque le gusta mucho…” Antes de agregar a la letra el sinónimo más vulgar de la palabra pene, habían aparecido los organizadores del evento, y dieron por terminada la presentación de “Las pesadas de la danza”
Salimos llorando de tanto reírnos. Las ayudamos a cargar los instrumentos; ellas, lejos de estar ofendidas, estaban muy contentas con la repercusión que tenía la banda a lo largo de toda la costa Atlántica. No entendíamos nada, hasta que Crisha nos explicó que ese era el objetivo que buscaban: La reacción, y que se llevaban una experiencia muy enriquecedora a nivel social.
Nos despedimos con la promesa de encontrarnos en Buenos Aires.
El destino quiso que la promesa se cumpliera muchos años después: Estaba en un bar de la calle Corrientes, cuando vi a Crisha en una mesa cercana a la mía. Enseguida me reconoció y, apuntándome con un dedo casi esquelético, me dijo que yo era un testigo de “las pesadas de la danza”
Me contó que estaba escribiendo un libro sobre su vida, con reportajes, fotos, y que quería que participe dando testimonio de la locura de esa época. No la vi bien, daba el aspecto de una mujer con alguna enfermedad Terminal, muy delgada.
Sentí pena y ternura por ella, tan loca e infantil. Luego me enteré que fue la esposa de un músico vernáculo muy famoso, ya fallecido
Nuevamente al despedirnos, prometimos reunirnos por el tema del libro. Esta vez, el destino se olvidó de hacernos cumplir la promesa.
Lo leí un día en un pequeño anuncio que hacía referencia al aniversario de la muerte del mítico músico de rock y al reciente deceso de Crisha.

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miércoles 14 de mayo de 2008

Breve crónica de mis amores con Peter




Finales de los ´70, Ramos Mejía. Música Disco en su esplendor…

Los domingos por la noche en “For Export” eran un clásico. Antes le decían boliche, luego Disco. Yo empezaba a conocer ese mundo extraño de luces de colores, bolas brillantes, y ropa haciendo juego. Recuerdo que me pasaba horas frente al espejo trenzándome el pelo, para que me quede una especie de escoba eléctrica en la cabeza. Me ponía mis pantalones brillosos, me pegaba una estrellita en el pómulo y feliz hacia la Disco…En ese tiempo me partía la cabeza Peter Frampton, con su tema “Nena me gusta tu forma” y ver a ese ángel rubio mover su hermosa cabeza nos dejaba a todas sin aliento. Él se sabía aprovechar de eso, y la movía a cada rato mirando tiernamente a su público repleto de féminas que se lo querían comer. Yo por supuesto, moría de amor por Peter, soñaba con encontrarlo al doblar la esquina. Pero claro, el pequeño detalle es que él vivía en un país y yo en otro, además él era un cantante famoso y yo una chica de barrio, y como si fuera poco contaba con algunos años más que yo, y… conclusión: las posibilidades de encontrarlo eran nulas, a pesar de contar con una mente fantasiosa, voladora y delirante.
Un domingo de tantos veo entrar al boliche a un muchacho alto, rubio, hermoso, sus bucles dorados al viento, como en un sueño…me enamoré a primera vista, y se produjo el milagro, él también se fijo en mi, no se si fue porque vio mi cara embobada de enamorada o porque le había pasado lo mismo; en realidad eso carecía de importancia. Me sacó a bailar, yo me desarmaba. Lo miré en detalle. Era Peter, un Peter argentino de bucles dorados. Tenía ganas de pedirle que sacudiera la cabeza como el Peter original. Lo seguí mirando, y si, tenía los labios rojos y sensuales, la piel tersa y blanca; y al sonreír, mostraba sus hermosos dientes perfectos. Nos besamos, muchas veces, todo hermoso como un sueño del cual no quería despertar, pero llegó el momento de marchar. Prometimos vernos al domingo siguiente.
Al otro día todo el colegio sabía que el Peter Argentino era mi novio. Me pasé buscando y eligiendo cuidadosamente la ropa que llevaría en el próximo encuentro.
Soñé como nunca. Que el falso Peter me cantaba “Nena me gusta tu forma” hasta que moría de amor…y el domingo que nunca llegaba, y no llegó…
Estaba tan distraída pensando en él, que esa semana me saqué varios aplazos y mi mamá no me dejó salir por un tiempo.
Esperé pacientemente el momento en que ella me levantara el castigo, estudiando como loca, impulsada frenéticamente por ese amor desbocado hacía mi Peter. El día llegó y fui volando a la disco en busca de mi amor. Lo busqué con el corazón en la boca, sufriente como la protagonista de una telenovela mexicana, pero sobrevino la tragedia…
Mi Peter, mi adorado Peter Frampton de bucles dorados, ya no tenía bucles; en su lugar una pelada horrible que le hacían ver una cabeza fea y con varias cicatrices, y un uniforme…¡¡¡no!!! Se había hecho militar. Sentí que la bola de espejitos de la Disco, se me caía en la cabeza. En ese mismo instante mi amor por él terminó…se esfumó junto con sus bucles dorados.

viernes 4 de abril de 2008

El delantal (Publicada en la antología "Cuent@me.com")

El delantal
Recuerdo muy bien esta fotito y aunque nunca la había visto antes, tengo esa escena grabada en la memoria.
Pasaron muchos años. El tiempo no ha sido cruel, pero me ha modificado rotundamente. Es obvio que ya no soy esa criatura hermosa y estúpida, siempre maquillada esperando al hombrecito de la casa para atenderlo, juntar sus desperdicios, soportar su mal humor. La niña boluda que se viste de postre sofisticado, y que el bruto maridito se lo come como si se tratara de un pedazo de queso y dulce.
La foto marcó un antes y un después en mi vida. Ese día fue la liberación, la independencia, el nueve de julio, el veinticinco de mayo…el fin de la represión.
Ya venía molesta desde la semana anterior, pero ese día, cuando a último momento me dijo que llegaría a casa con unos amigos sin importarle nada mis planes de ir al cine, decidí que me tenía cansada y que nada podía cambiar el hecho de que yo hubiera enviudado en mi mundo interior; un mundo desconocido por él.
El flash se disparó en el mismo momento en que alguien me llamaba y una mano desconocida tomara la foto. Tenía el delantal puesto sobre un hermoso modelito que me había diseñado mi amiga Julia, y que por supuesto no quería estropear. Pero al fin de cuentas, del vestido no quedó nada, sólo la foto del estúpido delantal…el estúpido delantal que me representó en todos esos años de infelicidad, una especie de picana de tela verde con el aplique de una manzana de plástico partida al medio. Horrible y cruel muestra de la represión, del deterioro de las ideologías, de los sofismas en los que caemos las mujeres que necesitamos realizarnos como tales, y todas esas teorías aburridas y arcaicas que los cromagnon nos metieron en el cerebro.
Mientras sentía que mi cabeza giraba, el flash se volvió a disparar, pero no sé si hubo una segunda foto, tal vez mi misma mano al manotear la cámara, la malogró.
El fotógrafo no pertenecía al grupo de sus amigos. Por lo que me pareció de muy mal gusto que me tomara fotos sin conocerme. Se lo hice saber en el mismo momento que le tapé la lente de un manotazo. Entonces me pidió disculpas, y dijo que no pudo evitar la tentación porque le parecía una mujer hermosa.
Ese fue el último día que dormí en esa casa, con ese marido. Aproveché que estaba furioso de celos, cuando me vio en una situación confusa, para volar. ¿Celos? Bueno, de alguna manera hay que llamar a esa especie de reacción de macho cabrío manoseado.
Al fotógrafo lo vi durante algunos meses, mientras fuimos amantes. Cuando él empezó a buscar otros delantales, simplemente escapé.
Ahora los hombres son seres pasajeros en mi vida, ocasionales acompañantes, nada más.
Finalmente me convertí en la líder del movimiento de los derechos de la mujer oprimida; no me gusta la palabra feminista porque suena parecido a machista. Sólo mujeres liberadas.
Sobre quién envió la foto, no sé nada, porque después del escándalo que se armó ese día, cuando mi ex me vio besándome desaforadamente en la cocina con el desconocido fotógrafo, la cámara fue arrojada de un lado para el otro y nunca más supimos de su destino. Igual no tiene importancia. Supongo que crear misterio e intrigas alrededor de la foto, no es más que otra actitud machista que el enemigo utiliza para querer someter; recordándome que alguna vez fui portadora de un rostro maquillado y de un delantal verde con una manzana de plástico partida al medio.

lunes 18 de febrero de 2008

El beso (cuento publicado en la antología "Cuent@me.com")

Podría decirse que ayer fue el día que me cayó la ficha, que reaccioné, y seguramente no fui la primera en enterarme de semejante bajeza y traición. Porque cada vez que se engaña a una mujer, la engañada es la última en enterarse, según el saber popular. Para mí sonaba a frase hecha. Ahora compruebo que es verdad, que soy el penúltimo orejón del tarro. El último fue mamá.
Como todos los jueves fui a lo de la vieja para almorzar. Hicimos lo de siempre, comer como bestias, tomar el clásico malbec y luego el cafecito con coñac. Cuando tiene alegría etílica, la vieja comienza con mi infancia, sigue con la adolescencia, para terminar renegando de su soledad, de que sólo le dedico un día a la semana, y que Daniela no viene nunca. Luego llora un rato y después de dormir la siesta se le pasa la tristeza.
Hubiese preferido toda esa perorata, pero no fue así, porque cuando llegó a la adolescencia se puso contenta. Me habló de una foto que había rescatado de lo de Mercedes, mi amiga de toda la vida y madrina de Daniela, mi hija.
La cosa es así: Mi vieja se encontró con la mamá de Mercedes, en el súper, y la invitó a que pasara por su casa porque estaba Mercedes con su hijo Valentín. No llegó a verlos, pero se quedó a tomar un café. Se ve que el nene se puso a jugar en la biblioteca y le dejó todos los libros tirados, entonces mi vieja que tiene la maldita costumbre de acomodar el desorden de cualquiera que se le cruce en el camino, los levantó y alineó en los estantes. Mientras lo hacía, vio que de uno de los libros asomaba la foto. Una de la época de la secundaria en la que estábamos Eduardo y yo besándonos.
Mi vieja pensó que si se la llevaba nadie la iba extrañar, total, ¿a quién le podía importar la foto de una parejita besándose?
Entonces se la metió en la cartera.
—Ahora te la traigo. — Me dijo— Sabés que te reconocí por la boina…esa que te tejió tu abuela y que te quedaba bien con la blusa rayada…te acordás que siempre te la ponías…acá la tenés en la foto, que pena que saliste de espaldas…mirá.
Me llevó apenas un segundo darme cuenta que la de la foto no era yo, sino Mercedes. El que estaba con ella sí era mi novio, actual marido y padre de Daniela…el mismo que estaba en la foto besando a mi amiga Mercedes, madrina de mi hija Daniela, futura ex amiga y ex amante de mi futuro ex marido…
No podía creerlo y, mientras trataba de entender todo lo acontecido, mi madre insistía en lo bien que habíamos salido en la foto, y hasta se preguntó por qué ella la tenía en su poder.
—Mamá, —le grité en la cara — ¿no te das cuenta que no soy yo?
—Dale, si te reconocí por la ropa…mira bien —me dijo con los anteojos en la punta de la nariz. — No me vas a decir que ese no es Eduardo.
Y mientras ella seguía con la foto, alejando o acercándola según los lentes que se probaba, yo repasaba mi memoria y sabía con seguridad que en reiteradas oportunidades le había prestado esa blusa y la boina a Mercedes.
—Nena, —me dijo la vieja de lo más convencida — Me parece que tenés que ir al oculista.

sábado 5 de enero de 2008

Regina (Final)

Una pareja poeta-futbolero me dijo que tenían un dato bastante importante. Habían hecho amistad con una mujer que trabajaba en la empresa de limpieza, que justo es la misma en los tres teatros.
Fany, así se llamaba, era la encargada de limpiar el sector del escenario y el subsuelo; justo el lugar dónde se desarrolló la tragedia.
Comentó, como al pasar, que la noche anterior estaban reparando algo allí abajo. No sabía qué; pero el ruido era ensordecedor, y ella en ese momento se había molestado mucho porque acababa de barrer y le llenaron todo de aserrín. Ese día no estaban ni los encargados, ni el personal de mantenimiento. Además nadie le había informado la presencia de trabajadores carpinteros a esas horas de la noche. Tampoco estaba asentado, pero como no era la primera vez que ocurría, lo dejó pasar. Al otro día sucedió la desgracia en la primera función, y cayeron esas piedras gigantes que destrozaron autos, toldos y las marquesinas de los teatros. Con semejante ajetreo, porque había que levantar vidrios y restos, más la cantidad de cosas tiradas en la vereda del teatro, nadie se acordaba de los carpinteros.
Si unímos estos hechos con los anteriores, ya sea los dichos del petiso, como lo sucedido con el colorado y el gangoso en el bajo, y le sumamos lo investigado en principio por la policía, tenemos sin duda un crimen.

Una de las poetisas se había ofrecido para seducir al colorado, en vista de que el petiso y yo estábamos marcados. Dijo que le serviría de material para escribir, que lo tomaba como una investigación profesional, pero yo sabía que la movilizaba su sensibilidad. Por lo tanto no iba a ir acompañada por ningún futbolero, que si su compañero quería podía marcarla de cerca, pero jamás interferir en el idilio. Al futbolero no le gustó para nada la idea liviana de la poetisa, pero no le quedaba opción. Él sabía que las mujeres de ese grupo estaban liberadas y que eran, en extremo, sensibles a las historias de amor. Por lo tanto estaba dispuesta a llegar hasta dónde sea para saber la verdad.
Esta actitud confirmó el grado de compromiso que asumieron con mi trágica historia de amor. Sobre todo el futbolista, que se despojó de su machismo, al permitir que la poetisa intentara utilizar sus encantos femeninos para obtener información del colorado. Ambos me conmovieron hasta las lágrimas, en los peores momentos de mi vida había conseguido amigos dispuestos a dar lo que sea para aliviar mi dolor.
El segundo intento con el colorado se había puesto en marcha. La poetisa no perdió tiempo. Comenzó achicando distancias. Se ubicó cerca de su mesa, y si llegaba primero, la ocupaba. Entonces, él se sentaba en la más cercana, y ella aprovechaba para pedirle fuego, o para pasar muy cerca y rozarlo.
La poetisa tenía una sonrisa muy seductora y sabía como usar sus encantos. El colorado, a pesar de lo osco y distraído, no tardó en advertir su presencia y mordió el anzuelo. El futbolero desde un rincón se comía las uñas, pero se bancó todo como un duque.
Hablaban de cosas insignificantes. Ella no quería apabullarlo con sus conocimientos, era fácil de advertir la precaria educación del colorado, que apenas había terminado la primaria. Trataba de ser lo más corriente posible en sus apreciaciones para que pudiera seguirla sin problemas.
El resto de los grupos pasaba sus días en los cafetines sin mayores novedades. A veces conseguían datos que resultaban falsos. Los bares se poblaban de gente loca y solitaria que decían cualquier cosa con tal de captar la atención de alguien y sentirse menos sola.
La relación entre la poetisa y el colorado marchaba viento en popa. Al futbolero se lo veía desolado, espiando por los rincones.
El excéntrico petiso de tanto frecuentar los grupos se había enganchado escribiendo poesías, y decían que lo hacía demasiado bien para ser un principiante. Resultó tener un talento especial para las eróticas. Y ya había empezado a practicar recitándoles a las chicas, que lo miraban embobadas. Algunas hablaban de las cualidades físicas del petiso, y que no todo lo que tenía era de pequeñas dimensiones.
En cuanto a la investigación de los peritos, curiosamente los resultados fueron negativos. Bastante raro teniendo en cuenta que la primera mirada arrojó como resultado un evidente sabotaje. Pero claro, me había olvidado que vivimos en Argentina.
En un momento de arrebato le escribí al inspector Tito Arrostito, de la comisaría sesenta y nueve, una extensa carta sobre Regina, su trágico final, y toda la información que conseguimos en detalle. Jamás me llamaron para indagar sobre los datos que les di. El caso quedó archivado como muerte accidental. Por milagro los teatros siguen abiertos, pero seguro pasaron cosas que nosotros ignoramos.
Los únicos que nos dieron una mano, fueron los de la municipalidad de la ciudad, al permitirnos levantar un busto en memoria de la vedette olvidada, con la cara de Regina y los pechos de la Lobato. A ellas les hubiese gustado mucho como quedó. La esculpieron un grupo de escultores amigos de los poetas, que también se solidarizaron con la causa.
En cuanto a la poetisa y el colorado, no se supo más nada de ellos. Quizás se enamoraron, ella dejó la poesía y él la delincuencia.
El futbolero enamorado, total y absolutamente destruido, se dedicó al igual que el petiso, a la poesía.
Y yo, todos los meses me ocupo de poner flores en el busto de Regina, sacar los chicles que le pegan en las tetas, y alejar a los meones, borrachos y pájaros.
El espíritu de Regina habitará por siempre en la calle Corrientes.

jueves 27 de diciembre de 2007

Regina (segunda parte)

De alguna manera ésta intercomunicación entre ambos grupos, generó la búsqueda de datos. Supongo que se unió la intelectualidad de los poetas con la acción de los futboleros, y la mezcla fue explosiva. También se formaron parejas, pero ese es otro tema. Lo concreto es que de ésta fusión, surgieron los nuevos pequeños grupos de investigación. Así lo llamaban.
Andaban por todos partes. Desde el típico bar de la calle Corrientes hasta diversos reductos under de dudosa reputación, y todo los sitios tradicionales. Siempre preparados para la charla hurgadora con cualquiera que se mueva dentro del circuito.
Al poco tiempo, la profunda investigación callejera había dado frutos. Conocieron a uno apodado “El petiso”, que era acomodador de uno de los teatros codiciados por las corporaciones. Éste personaje pequeño y escurridizo, no sólo conocía a Regina, sino que demostraba un particular interés al hablar de ella. Confieso que eso me molestó al principio; pero hay que reconocer que es bastante estúpido sentir celos por alguien que ya no está entre los vivos. Lo importante es llegar al esclarecimiento del crimen, por que a esta altura era evidente que no se trataba de un simple accidente.
El petiso contaba que su tamaño le servía en ocasiones, porque muchos no lo veían o lo consideraban insignificante.
La gente es bastante despistada; no pensarán que por ser petiso, además era sordo, ciego y mudo…lo cierto es que nadie veía su diminuta persona, entonces no se cuidaban demasiado a la hora de hablar y se iban de boca. ¡Si ésta boquita hablara!, decía el pequeño pícaro, mientras guiñaba un ojo y después el otro.
El petiso estaba resuelto a colaborar en la resolución del caso y esto fue lo que nos contó: “Esa gente de morondanga se cree que soy invisible, pero se van a joder conmigo… ¡Por ésta, Regina! Dijo besándose el dedo pulgar y mirando hacia arriba… ¡Te lo juro!, agregó. Ellos la mataron, cuando sabotearon el teatro para que sea clausurado. Yo escuché a unos tipos que hablaban de los tablones del escenario, mientras fingían ser espectadores. En ese momento me parecieron pavadas, pero cuando se vino abajo el escenario, me acordé de esa conversación… ¿de sus caras?, poco. Uno de ellos tenía una cicatriz en el labio superior y hablaba raro…medio gangoso, tenía, ¿cómo se llama?, sí, labio leporino, eso mismo; el otro era pelirrojo, bastante alto y algo gordo. No creo que vuelvan, si ya hicieron lo que tenían que hacer… ¿Buscarlos?, si, no tengo problemas.”
El petiso se acomodó entre los grupos que resultaron de la fusión de los poetas y futboleros, y enseguida se ganó la simpatía de todos.
Un día vinieron excitados con la noticia de que en un bar del bajo, habían visto al pelirrojo. Dos del grupo, entre ellos el petiso que se había hecho reflejos rubios para no ser reconocido, empezaron a frecuentar el bar. La idea era entablar amistad. Fueron muy pacientes. EL colorado a veces iba, otras desaparecía por semanas. El tema era no levantar sospechas y buscar la forma de llegar a él. Para eso necesitaban la oportunidad de demostrarle simpatía, aunque el tipo era bastante caracúlico. Iba dos o tres veces por semana, se sentaba en la misma mesa y bebía media botella de ginebra. Siempre repetía la misma rutina, y nunca se lo vio hablar con alguien. Tomé el lugar del compañero del petiso, porque no quise perderme detalles. Un día no aguantamos más y decidimos seguirlo, a pesar de saber el riesgo que corríamos si se daba cuenta de nuestra presencia.
El colorado tomó por una calle del bajo. Caminaba bastante rápido mirando por todos lados, como si nos olfateara. Tuvimos que ser muy cuidadosos y por momentos casi lo perdíamos para no pisarle los talones. Se detuvo en uno de los tantos conventillos desvencijados y entró. Permanecimos un par de horas en la esquina, hasta que salió junto con otro, que el petiso identificó como el gangoso que lo acompañaba ése día en el teatro. ¡Bingo!, dijo entusiasmado.
Por momentos los tipos charlaban, después parecían discutir, pero era imposible poder escuchar algo. Se fueron hasta la esquina y doblaron. Nos apuramos a espiar para ver hacía dónde se dirigían, pero apenas doblamos, unos puños nos dieron en plena cara. El petiso salió disparado unos metros hacia la calle. Yo pude mantener el equilibrio, pero mi nariz empezó a sangrar y a gotear en mi camisa, empapándola. El colorado, muy enojado, nos trató de putos y dijo que si nos enganchaba de nuevo, nos iba a matar por maricones. Fue una suerte que nos haya confundido con homosexuales, de lo contrario creo que ya estaríamos muertos y contándole nuestras desventuras a Regina. Tendríamos que ser más cuidadosos de ahora en más...